Ante el temor de abandonar los "veintipico" de manera prematura y
silenciosa, me ha invadido una especie de fiebre productiva. No, no he
terminado mi artículo científico. Pero sí le he dado uso a un artilugio
que me regalaron ahora hace un año y que sirve para hacer garabatos en
el ordenador. Me he vuelto a dar cuenta de que las tecnologías no pueden
solucionar la falta de talento, aunque al menos he pasado un rato
agradable conmigo mismo y mi creación.
Aquí os presento
el primer y último capítulo de mi cómic "Miserias de una proteína
trans". Habría estado bien que, cuando me dieren uno de mis tantísimos
premios futuros, se dijera eso de "Agapito no se destapó como genialidad
creativa hasta los treinta", pero mira, me ha podido el ímpetu. Por los
pelos. Estoy imparable.
PD:
De todas maneras cuando tenía unos diez años ya "creé". Hice un cómic
basado en Induráin que no sé si sobrevivirá en algún cajón y que, en
todo caso, ya verá la luz cuando sea mundialmente famoso (o ya que
estamos, muerto, por eso de la revalorización).
domingo, 20 de julio de 2014
miércoles, 23 de abril de 2014
Carta abierta a un referee "patésico"
Querido "referee" número uno,
Me dispongo a expresar aquí, en este blog tan visible,
unos pequeños comentarios halagadores hacia su admirable función como
"referee". Sé que la tarea no remunerada de revisar artículos científicos
es frustrante, sobre todo cuando uno tiene que gastar su tiempo en leer cosas
como el artículo que me he visto forzado a escribir sobre la herencia de la
forma celular en la levadura de fisión.
Mi artículo es un poco flojo, no tengo problema en reconocerlo.
Las técnicas empleadas en el desarrollo y análisis de los experimentos que hice
no son dignos de la universidad en la que estoy ejerciendo como postdoc. Los
resultados no son impactantes. De hecho son decepcionantes. De hecho son una
mierda. Coherentes, pero una mierda al fin y al cabo. Enfrentarme a la
escritura de dicho artículo me produjo muchísima ansiedad, porque uno no quiere
ver sus miserias expuestas a la vista de todos, sobre todo en este mundo
científico tan competitivo. Mi principal miedo era tener que lidiar con
comentarios negativos hacia mi labor investigadora y mis limitaciones
intelectuales. Y tener que asomarme a ese abismo que muchos científicos temen:
sentirme incompetente en la tarea a la que he dedicado años enteros de mi vida.
Sin embargo, los fallos en el planteamiento,
desarrollo y análisis de mis investigaciones no parecieron importarle mucho. O al
menos a esa conclusión llegué yo después de leer sus chistosas correcciones.
Según veo, usted es un científico vanguardista que promueve la fantástica idea
de cambiar el orden del manuscrito. Empezar con el análisis de los datos antes
de mostrar los propios datos es algo innovador. También me alegra ver que el
mayor problema que tiene con mis "clustergramas" es la barra de colores,
ya que yo también pienso que la escala rojo-verde está ya un poco vista. Y de su gran capacidad para distinguir
células curvas y dobladas no diré nada más que es admirable. ¡Con lo difícil
que me resulta a mí!. Me rindo ante usted, señor "referee" número uno.
Pero, sin duda, lo que en mi opinión le transporta al olimpo de los
"referees" es su gran dominio de la filología clásica.
"MORFOGENÉSICO"
Y se queda usted tan campante. Jugando a ser
intelectual me sugiere usted que cambie el término "morfogenético" (generador
de forma) por "morfogenésico", porque (palabras textuales)
"morphogenesis" viene de "morpho" y "genesis" y
no de "morpho" y "genetics". Señor "referee", es
usted gracioso aunque una miaja "patésico". Si tuviera usted un mínimo sentido de la
vergüenza (que sé que se cotiza alto por estos lares), no se habría lanzado a
la piscina de esta manera, desde una altura de 10 metros y en plancha. Me
gustaría saber qué se le pasó por su audaz cerebro, el cual supongo que le ha
ayudado a llegar a donde ha llegado y a verse en la divina situación de juzgar
si un artículo científico merece ser publicado o no, cuando decidió escribir
dichas palabras, refugiado en ese anonimato absurdo al que someten a los
"referees" de las revistas científicas (sobre todo teniendo en cuenta
de que yo no soy anónimo para usted). Bueno, en general me intriga bastante la
gente que piensa que es inteligente, la gente convencida de que sabe algo que
realmente no sabe. Qué pena que no me pueda tomar un café con usted y así
enriquecerme escuchando sus pseudo-sabias palabras. Me excusaría por no decir
"genésica", ya que genésica viene de "génesis", y no de
"génetis". Y hablaríamos, "analísicamente" aunque sin
"enfasizar" demasiado, de biología "sintésica", que está
muy de moda ahora. Pero me temo que usted sería un poco "hermésico"
así en directo y que prefiere explayarse con el procesador de texto desde su
despacho. Ya le digo, una lástima lo de
este anonimato unilateral.
Dicho esto, y con la esperanza de que algún día lea
usted esto y, al menos, se ría un poco (más) de mí (me temo que la gente como
usted no suele reconocer sus errores), me despido. Espero que siga construyendo
un mundo mejor con sus correcciones.
Un saludo y hasta pronto.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Viaverdeando
Después de unas semanas de asimilación, me decido a
escribir un breve resumen sobre mi experiencia en la Vía Verde del Noroeste (de la Región de Murcia). Aprovecharé así
para destruir definitivamente la redacción que había empezado sobre este mismo
tema hace unas semanas, ya que era un auténtico coñazo. A veces los detalles
sobran, y como no soy precisamente Julio Cortázar, me bastará (supongo) con
dar un par de pinceladas sobre mi viajecillo para generar en el lector (el
único lector, o sea, yo mismo) una vaga idea de lo que uno se puede encontrar
en la dichosa vía. Aclaración: el trayecto de la vía del noroeste (ex-vía
ferroviariamente hablando) que nos marcamos mi hermana y yo a primeros de
noviembre es el que va de Espinardo a Mula. Es decir, nos dejamos el noroeste
de la vía del noroeste para la siguiente ocasión.
Vamos al tema.
Sorpresas
positivas
1) La vía en sí al comienzo. Encontrarse un día
soleado mientras uno pedalea, aún sin cansancio acumulado y al 200% de
motivación, a señores mayores en bici, señoras en chándal rosa, gente paseando
al perro y demás personajes autóctonos transitando porque sí desde Espinardo
hasta la Ribera de Molina, es realmente reconfortante.
2) El síndrome del expatriado-falso turista, que nos
transforma la percepción visual y nos hace calificar de bellos pueblos como la
ya mencionada Ribera. Y es que cuatro casas viejas alrededor de unas piteras y
unas paleras me producen (actualmente) ganas de llorar de emoción. "Esto
me recuerda a Turquía", creo que le dije a mi hermana, que creo que pasó
un poco de mí (porque ella no ha salido de Churra aún, la pobre).
3) Campos del Río. Como me cantaba mi padre cuando
era pequeño (cuando yo era pequeño): "Campos del Río es un pueblo muy
bonito, porque allí viven los abuelos de Juanito...". Y es que Campos es,
a mi parecer (y un poco por el síndrome que he descrito en el punto 2), el
"diamante en bruto" del interior de la Región. Espero que siga
"en bruto" durante mucho tiempo y me alegro infinitamente de que la
gentuza que ideó (y casi ejecutó) la locura de "Trampolín Hills" se
hundiera con el proyecto.
4) Los maravillosos paisajes de la cuenca del Río
Mula. Aquí no hay síndrome que valga. En el tramo Campos del Río-Albudeite-Mula
nos paramos unas doscientas veces para mirar los barrancos con la boca abierta (véase foto).
5) Las gentes de la Región que uno se encuentra en
la vía y con las que es fácil interaccionar, desde a) el señor gordo con música
maquinera de los noventa e indumentaria ciclista profesional que nos rescató en
Alguazas (véase la siguiente sección) hasta e) la señor(it)a de Mula que
confundió a mi hermana con una "cría" del pueblo y que modificó su
trayecto hacia el Mercadona para acompañarnos a la estación de autobuses,
pasando por b) el señor mayor de Campos que nos preguntó si estábamos comiendo cuando
estábamos comiendo en la replaceta del final de la Calle Murcia, c) el grupo de
señoras jóvenes que querían llegar a Bullas andando en tiempo record o d) el
grupo de señoras que criticaba al grupo de señoras jóvenes de c) por ser unas
inconscientes.
Cosas
mejorables
1) La salida de Alguazas. En varios sitios había
leído que la salida de Alguazas era, digamos, conflictivilla. Cuando entramos
en el pueblo comenzamos a ver flechas por todos los sitios, por lo que pensé
que las "autoridades" (quienquiera que sea la autoridad que maneje la
vía) habían puesto solución al tema. Pero no. De repente nos encontramos
pedaleando en la carretera comarcal que va a Campos, que no está muy preparada
para el ciclismo de ocio (aunque tiene arcenes anchos, la verdad). Menos mal
que allí nos encontramos con el señor de la música maquinera-noventera que, muy
amablemente, nos guió hasta que nos pudimos reenganchar a la vía a la altura de
la depuradora. La cosa es que nos perdimos un tramo de la vía verde, lo que al
parecer no estuvo mal del todo, ya que el señor maquinero nos dijo que por ese
trozo hay "perros y capullos".
2) La depuradora. Ya sé que las depuradoras hacen
falta en el mundo actual, y veo normal que se las lleve lejos de los núcleos de
población, pero claro, no es muy agradable respirar sus efluvios mientras uno
hace deporte (o se le pincha una rueda, como al pobre italiano con el que nos
encontramos en aquel paraje). Y no me quiero imaginar lo que es pasar por allí
en agosto.
3) La entrada a Campos del Río. No le encontramos
mucho sentido a ese tramo: cuestas vertiginosas, sendas que se estrechan en la
maleza hasta desaparecer, desvíos por polígonos industriales abandonados... Es
una lástima que aquello esté así con las zonas tan impresionantes que hay
alrededor.
4) El diminuto tránsito. Y es que, pasada La Ribera
de Molina, los caminos estaban prácticamente desiertos de gente. Aún así
sorprende ver a alguien utilizando la vía con la escasa publicidad que se le da
(nadie de mis amigos sabía de su existencia y yo mismo la había descubierto
leyendo el blog de Miguel Ángel Ruiz en La Verdad). Mi deseo, supongo que una
"miaja" utópico, es que "desde arriba" se potenciara un
poco el turismo rural y sostenible en la Región. Aunque quizá no tengamos que
esperar siempre a que se muevan los "de arriba" (nos podemos morir
esperando). Como dice un amigo de Cambridge, llevar a los "guiris" a
Campos (o a Albudeite) a que vivan el provincianismo español en todo su
esplendor sería un puntazo, sobre todo si se promueve que interactúen con la
gente autóctona y se les da bien de comer. Habrá que estudiarlo.
5) ¿Qué ha pasado con la agricultura en Campos del
Río? Es deprimente asomarse desde la replaceta de la calle Murcia al Río Mula y
ver todos los árboles secos. No me valen las excusas de que ya la agricultura
no da dinero (aunque realmente no lo dé). No se puede potenciar el turismo de
interior si no se preservan las actividades que se han desarrollado en la zona
desde hace siglos.
6) El tema del autobús. Nosotros nos volvimos de
Mula a Murcia en autobús, lo que es perfectamente factible. No nos pusieron
problema para meter las bicis al maletero del autocar y el viaje no era muy
caro, creo recordar. Pero señores de Costa Cálida, sería ligeramente conveniente
que pusieran sus tarifas y horarios en internet, que estamos casi en 2014 y no
cuesta mucho esfuerzo. Esto me lleva a pensar que, desgraciadamente, mi deseo
del punto 4) está bastante lejos de hacerse realidad.
Conclusión
El éxito de la Vía Verde del Noroeste (y de
cualquier otra iniciativa similar) está en nuestras manos. Yo animo a todos a
salir a tomar el fresco (o la solana) a uno de los tramos de la Vía Verde y
dejarse conquistar por la belleza casi virginal de la Región de Murcia. ¡Enga!
Más
información
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Romanticismo forzoso
Y
nuestros cuerpos se tocaron. Al principio me puse nervioso, pero después de dos
segundos me dí cuenta de lo agradable que era percibir su temperatura a través
de la ropa y me tranquilicé. Para reprimir la ansiedad que me suponía el recordar que hacía lustros que
llevaba, inexplicablemente, evitando cualquier contacto físico, decidí cerrar los ojos y dejarme transportar por los
movimientos de su barriguilla, que a su vez seguían el ritmo de su respiración. Como
había leído en algún sitio, si no fuese por la influencia de los medios de
comunicación, que nos bombardean con imágenes de figuras esculturales,
disfrutaríamos más del juego que dan los cuerpos blanditos. Sí, también pensé
eso durante un instante. En el instante siguiente él pareció sentirse incómodo
y pasó su brazo, que había quedado aprisionado entre su barriguilla y mi
jersey, por encima de mi hombro, buscando un agarre inexistente. Finalmente me
cogió del brazo. Lo miré y él me sonrió con complicidad. Casi con total
seguridad estábamos pensando lo mismo. Hay situaciones en las cuales, no sé si
por “instinto”, todos los humanos reaccionamos de la misma manera. Se puso
rojo. Le dije que no se preocupase. Y automáticamente desviamos nuestras
miradas hacia otras direcciones. Obviamente, todavía no teníamos la confianza
suficiente como para aguantarnos la mirada más de unos segundos. Eso lleva
semanas. O más. Sobre todo para la gente asocial como yo. Después olí su pelo.
La verdad es que no olía a champú. Recordé lo que mi madre decía sobre lo malo
que es lavarse el pelo todos los días y asumí que él le había hecho más caso a
su madre que yo a la mía. Me reí. Él me miró y se rió también, pero esta vez
casi con total seguridad no estábamos pensando lo mismo. ¿O sí? Probablemente
no, porque su nariz quedaba bastante lejos de mi pelo. Es igual. El caso es que de repente me
agobié. Y él se percató, supongo que por mi careto, que es demasiado expresivo.
Todo el mundo lo dice. Por suerte, ya habíamos llegado
a Ríos Rosas, según la señora de voz neutra de la megafonía. Se bajaron como trece personas de golpe, con
cuidado de no introducir el pie entre coche y andén, aunque Ríos Rosas no está
en curva. Y en un abrir y cerrar de ojos, todos los individuos que permanecimos
en el vagón nos redistribuimos según las leyes de la entropía. Y nuestros
cuerpos dejaron de tocarse.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Boston
Escrito en Boston una noche de la segunda quincena
de marzo de 2012 (soy malísimo para las fechas)
Aquí me
encuentro, en un restaurante de comida rápida, dejándome recomendar por el
adolescente americano que me atiende y pidiendo un sándwich de pavo y
alcachofas. Estoy inspirado. Quizá estaba predispuesto a ello, habiendo
decidido salir con prisas de lo que yo llamo (sensacionalistamente hablando) mi
“office” de Harvard, coger un autobús (el 66) y parar en Coolidge Corner para
ver “Chico y Rita”. Pero no ha sido esto lo que me ha inspirado, ni siquiera el
teatro donde la he visto o la zona (muy bonita) donde éste se encuentra, sino
una combinación de sensaciones físicas derivadas de la buena temperatura que
hace estos días en Boston. Y es que me doy cuenta de lo importante que es el
calor para mí (en lo que a psicología se refiere). El calor hace que los olores
se huelan más, la luz hace que los colores se vean más. Y me siento libre, como
el resto de la gente con la que me cruzo por la calle. Y uno empieza a pensar
que podría caminar toda la noche, perderse, olvidarse de todo, sin que pasara
absolutamente nada.
martes, 12 de noviembre de 2013
Mi abuelo y el barrio chino de Barcelona
Dice mi
abuelo que en el barrio chino de Barcelona hay tiendas muy raras. Que por
ejemplo, si a tu muñeca se le rompe un brazo puedes encontrarle recambio allí.
Según mi abuelo, el barrio chino está muy bien para pasar el rato, pero hay que
andar con cuidado ya que a él una vez le robaron la pluma. “Amigo, te compro
esa pluma que llevas ahí”, rememora mi abuelo señalándose el bolsillo de la
camisa. “No, hombre, no la vendo. La necesito yo.” “Pues mira lo que te digo. Cuando
salí del barrio ya no llevaba la pluma. Hay que ver lo bien que lo hacen, es
que no te das ni cuenta”. Y se ríe. Otra de las veces estuvo a punto de que se
la colaran los trileros. “¿No los has visto nunca? Es increíble cómo mueven la
bola de rápido. Y claro, encima utilizan un gancho y te atrapan”. “Yo sabía
dónde estaba la bola...¿o era una piedra?...”, duda mi abuelo por un segundo. “El
caso es que iba a echarles unas monedas pero uno que me estaba viendo me dijo:
eh, tú, que te llaman por allí”... “ni se te ocurra”. “Y luego nos fuimos a
tomarnos un café para disimular”, concluye con mueca de “es lógico”. Todo esto
pasa en el barrio chino de Barcelona, según mi abuelo.
sábado, 2 de noviembre de 2013
Buscando la humillación
Ayer por la noche, cuando volvía de malgastar
dos horas de mi vida dando vueltas por la ciudad, y buscando una especie de
lapidación personal que me empujase aún más al negativismo absoluto, decidí
jugar a un juego. Mientras caminaba, miraría a los ojos a todas las personas
con las que me cruzase y contaría cuántas me devolvían la mirada y cuántas
pasaban de mi careto. 0-1, 0-2, 0-3 … Cuando la cosa estaba 0-9 y ya buscaba
que la goleada fuera aún mayor, con esa especie de sadismo de aficionado de
equipo de fútbol que busca justificar su enfado y sus ansias de cambio con la
excusa de la propia humillación, resulta que me miró una chica. Solo fueron unos
segundos, pero me penetró de tal manera, como si hubiese querido preguntarme
“¿qué coño te pasa, criatura?”, que no me quedó otra que sonreírle. Por
supuesto, decidí terminar el juego.
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